17.5.17

Contra el chotis

Amo Madrid, la ciudad más vivible de España, quizá la única ciudad vivible de España. La ciudad a la que todos los españoles no madrileños huimos, o tenemos la posibilidad de huir, desde nuestras ciudades, desde nuestras regiones. Amo Madrid porque es la Antirregión española. La ciudad blanca, la ciudad negra: la que se chupa todas las particularidades, en la absoluta claridad y en la absoluta oscuridad. La ciudad, mejor dicho, multicolor, verdaderamente multicolor: la única que expone todas las particularidades, en glorioso equilibrio.

Qué fastuoso espectáculo cuando insultan a Madrid: ¡no pasa nada! En esta estólida España del histerismo local y regional, en esta insoportable España municipal y espesa, en que si dices algo chungo de cualquier sitio te crucifican y te nombran, muy pomposa y relamidamente, ‘persona non grata’, se puede insultar a Madrid y no pasa nada. ¡En Madrid se respira! ¡Madrid es la única ciudad respirable de España! ¡Madrid es nuestro (¡único!) pulmón nacional!

Pero ya están los políticos intentando municipalizarlo y espesarlo. Ya están arrojándole paletadas de ‘color local’, de folclor. Las fiestas de San Isidro han sido durante lustros casi clandestinas. Yo he vivido miles de 15 de Mayo en Madrid y jamás me he topado con ellas. Pero nuestros políticos, los nuevos y los viejos, corren ahora a disfrazarse de chulapos y chulapas y a bailar chotis, esa sardana o aurresku o sevillana local que solo bailaban cuatro gatos. Han detectado que quedaba un sitio ventilado en España y van a por él.

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En The Objective.

15.5.17

La Europa autonómica

Definitivamente, Europa es eso que cada año sobrevive a Eurovisión. Me refiero a la Europa ideal, por supuesto, que quizá esté por encima de nuestras posibilidades. Aunque, qué diablos, no es solo ideal: hay también una Europa real –la del gran arte y la gran música, la de la gran cultura– muy por debajo de la cual queda el espectáculo de Eurovisión.

Tiene gracia que el gran acontecimiento europeo del año –deporte aparte– sea ese desfile de artistas horteras en decorados retrógrados, presentados por sujetos que oscilan entre el engolamiento y un desenfado que hace añorar el engolamiento. Más que en el escenario que se ve por la tele, Europa, nuestra Europa, está en los comentarios irónicos de los salones; en el cachondeíto –este sí que moderno, o posmoderno– con que se asiste desde las casas. Tales frivolidades, por cierto, tienen un indudable toque gay. De manera que la noche de Eurovisión es la noche en que Europa entera juega a ser gay. Una noche liberadora, en fin.

La papilla internacional que dispensan algunos participantes no es lo peor del evento. Lo peor son los terrones nacionales que dispensan muchos otros. Los elementos étnicos, folclóricos, que introducen hacen que Eurovisión parezca un espectáculo de coros y danzas regionales del franquismo, ese germen de nuestros casticismos autonómicos. Extrapolando, podríamos decir que la Europa que aparece en Eurovisión –justo esa que no queremos– vendría a ser una especie de Europa autonómica: la Europa de los gorritos, las boinas, los chalecos, las faldas y los pañuelos, que son el estiércol nacional del que sale la rosa abstracta, supranacional, de la ciudadanía europea.

No es de extrañar que los más antieuropeos –en ese sentido ideal– que hoy tenemos en Europa, a saber, los nacionalistas catalanes, hayan pedido justo esa semana crear “las Naciones Unidas de Europa”, que sería como trasladar Eurovisión a la política. Que es de donde Europa ha venido huyendo desde las dos guerras mundiales...

Pero este año ha habido final feliz. La canción ganadora es una monada portuguesa, un poco abrasileñada, que el cantante canta con cucamonas entrañables. Ha sido la segunda buena noticia europea en una semana, después del triunfo de Macron, y me gustaría pensar que ambas se insertan en una misma línea de regeneración política y estética de Europa.

Por lo demás, los portugueses estarán encantados de que Portugal haya quedado la primera y España la última. Y los españoles también. Así que felicidad completa en la Península.

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En El Español.

8.5.17

La traición de los Zizeks

Ya estamos hablando otra vez de Slavoj Zizek, que es lo que él busca. Zizek: esa especie de Sostres de izquierdas con lecturitas (aunque no local, sino internacional). Tras el número que montó con Donald Trump, diciendo que el “verdadero peligro” era Hillary Clinton, ahora anima a no ceder a lo que él llama “el chantaje liberal”, que consistiría en votar a Emmanuel Macron por miedo a Marine Le Pen. Se conoce que el hombre se aburre en mitad de su vidorra y quiere que el mundo le entretenga: por medio de catástrofes, que es lo que el mundo tiene más a mano. Naturalmente, no serían a él a quien perjudicarían.

Después del espectáculo que dieron los intelectuales en el siglo XX, en que no hubo ni una sola matanza sin algún intelectual detrás, y con frecuencia incluso delante, se esperaría que hubiese quedado clara la lección. Pero no: el ejercicio de la razón produce más monstruos que su sueño. El libro que denunció esta deriva es La trahison des clercs, en español La traición de los intelectuales. Se publicó en 1927, pero más que de prevención sirvió de programa para todo el siglo; cuyo transcurso atrapó también a su autor, Julien Benda, que se haría estalinista. Se convirtió en uno de los malos de su libro.

Unos pocos seguirían hablando de la traición de los intelectuales, como Albert Camus u Octavio Paz. Este, por ejemplo, cuestionó en estos versos de 1976 su propia juventud: “El bien, quisimos el bien: / enderezar el mundo. / No nos faltó entereza: / nos faltó humildad. / Lo que quisimos no lo quisimos con inocencia. / Preceptos y conceptos, / soberbia de teólogos...”. Teología es, en efecto, lo que hay al final de las convulsiones filosóficas y políticas de Zizek. En el artículo publicado en El Mundo llama la atención que cada línea argumentativa va avanzando de un modo más o menos razonado o matizado, hasta que se topa con el demonio: las palabras liberal o neoliberal, que operan como una pared intraspasable. En ella rebota el pensamiento de Zizek, y en su trayecto hacia atrás se convierte en delirio.

Han pasado noventa años de La trahison des clercs y la observación por enésima vez de tal delirio resulta melancólica, deprimente. No, no se ha aprendido la lección. Zizek termina campanudamente, como no podía ser menos: “No deberíamos olvidar nunca que la gran razón por la que estamos atrapados en el círculo vicioso de Le Pen y Macron es la desaparición de una alternativa de izquierdas viable”. ¿Pero qué alternativa de izquierdas va a ser viable si no empieza por distinguir lo que es extrema derecha de lo que no lo es? La traición de los Zizeks es, en primerísimo lugar, a la izquierda.

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En El Español.

7.5.17

Macron no nos engaña

Con Macron hemos ganado los buenos. Entre los que no están Mélenchon, Zizek, Verstrynge o Echenique, que podrán adornarse ya en la vida de lo que quieran, pero no de antifascistas. Su comportamiento lamentable en estas semanas tampoco nos sorprende, por lo demás: ellos son lo que son. Pobrecillos.

Aunque Emmanuel Macron es voluntarioso y optimista, a él ha ido el voto pesimista. Vale también decir: realista. El que se hace cargo de la complicada realidad y trata de maniobrar de acuerdo con lo que es o puede ser, no con quimeras. El abyecto catastrofismo de Marine Le Pen, en cambio, era optimismo puro. Porque se trataba de un catastrofismo con final feliz según ella, si ganaba ella.

He aquí lo que comparten la extrema derecha y la extrema izquierda: el idealismo de los que componen un engrudo abstracto y luego lo aplastan con la realidad, aplastándola. Análisis falsos, soluciones falsas: promesa de felicidad absoluta con consecuencia segura de infelicidad. El patético espectáculo de los que se dejan engañar, y el repulsivo espectáculo de sus engañadores.

Pero Macron no nos engaña. Me ha venido esta frase al saber que es lector de René Char. Cuando murió este gran poeta surrealista, Octavio Paz le dedicó un poema de título precioso: “René Char no nos engaña”. Aunque a un político no hay que buscarlo en la poesía (¡Dios nos libre!), sino en la prosa. Y es en la prosa de la cruda realidad donde Macron ha ido de frente. Podrá hacerlo bien o mal y salirle mejor o peor, pero él y sus votantes saben dónde pisan.

Y esto, tal y como están las cosas, y después del añito que llevamos, y sabiendo que en la historia solo hay treguas (más o menos frágiles, más o menos breves) ya es prometedor.

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En The Objective.

6.5.17

Jot Down Smart (mayo 2017)

‪En el Jot Down Smart de mayo, ya a la venta con El País, publico el artículo "El reverso de la alegría", sobre Savater y su duelo.‬

3.5.17

Continuidad de las brasas

El error sería considerar que hay un Lluís Llach artista y un Lluís Llach soplón, acusica, represor, que aún no manda y ya está castigando. Castigador ha sido siempre: sus canciones y sus mohínes de ser hipersensible eran ya una tortura, un suplicio insoportable. No hay dos Lluís Llach, sino un único Lluís Llach: entre sus diversas brasas hay una continuidad absoluta, porque todas salen del mismo brasas.

Llevo años en campaña contra los cantautores y no se me ha tomado en serio. He pasado por hombre insensible, cuando lo mío era una pura campaña por la sensibilidad. Campaña cuyo paso previo inexcusable era limpiar del panorama las babas de la pseudosensibilidad. El daño que han hecho los cantautores con su pseudosensibilidad a flor de piel, babosa, repugnante, no se puede cuantificar. Así a ojo, han arrasado generaciones y generaciones de sensibilidades. En términos educativos, han hecho más daño que la Logse.

Y la Logse estaba ya enterita en “Esos locos bajitos”, de Joan Manuel Serrat. Los cantautores empezaron así: afeándoles la conducta a los adultos que regañaban a los niños, marcándose el pegote lúdico y coleguil, y han terminado siendo una mezcla de Tejero y la señorita Rottenmeier. Aunque Serrat, todo hay que decirlo, no ha llegado a tanto (y se le nota avergonzadillo). En la cúspide, como guinda del asqueroso pastel nacionalista, está Lluís Llach.

Me pongo, para calentarme, su concierto en el Camp Nou de 1985 y el exhibicionismo de su emotividad es repulsivo. La cenagosa mermelada no deja margen: es un atrapamoscas del que no te puedes despegar, porque si lo intentas te conviertes en un monstruo. Un monstruo apaleable: ahí está el truco. Es un arte el de Llach (¡un pseudoarte!) pringoso, abusón, mangoneador, en cuyas melifluidades chantajistas estaban ya el odio y el cachiporrazo.

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En The Objective.

2.5.17

El ruedo mental

Cada vez que pienso en los toros, cuando se me pide que piense en los toros, noto que en mi ruedo mental me voy desprendiendo. Y debo resaltar lo de “cuando se me pide”, porque por mi cuenta no suelo pensar en los toros: es una preocupación secundaria en mi vida. Se me pidió también el verano pasado y percibo que me he alejado más. Todavía no defiendo la prohibición, pero ya no peleo con quienes la defienden. Hace solo cuatro años me recuerdo discutiendo acaloradamente con una amiga por las calles de Lisboa y ese ya no soy yo.

No sin sorpresa, observo cómo la civilización va ganando terreno en mí. ¿Será la edad? Ya me cuesta trabajo hasta matar insectos (aunque si hay que matarlos los mato). Se me va imponiendo un resquemor budista, un respeto por todo bicho viviente. Nunca he sido cruel con los animales, pero en el contexto taurino el dolor desaparecía: envuelto en el ritual, en las emanaciones simbólicas o en la simple diversión. Pocas veces contemplaba realmente el toro como ser vivo. Era una metáfora.

De niño, como casi todos los niños de mi generación, jugaba a ser torero. Puedo ver la muletita roja en la cama, cuando me la regalaron mis padres. Pero ni siquiera llegué a convertirme en un aficionado. Las corridas estaban con frecuencia en la tele y a veces me paraba a mirarlas (en blanco y negro primero, en color después). No me hacían daño. Sufría más mi abuelo, al que sí le gustaban. Permanecía callado durante las faenas. Y cuando moría el toro decía, con compasión: “Animalito” (entonación: áni-malito).

Había más amor por el animal en esa palabra que en las proclamas de los animalistas. De eso no me olvido. En mi ruedo mental se mantiene ese tope.

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En The Objective.

1.5.17

Podemos, la salvación del PP

Pasadas las elecciones francesas y neutralizado (¡de momento!) el lepenismo, el único tema de la semana habría sido la corrupción del PP, el fangal en el que se encuentra el partido del Gobierno. No se estaría hablando de otra cosa... de no ser por Podemos. Nuestros populistas no han parado de brindarle asistencia respiratoria a la asfixiada derecha. Uno por uno han corrido a hacerle el boca a boca, en una suerte de reposición simbólica del muerdo de Pablo Iglesias a Xavier Domènech.

Mariano Rajoy se encontraba preventivamente en Brasil, donde la corrupción española –por muy abundante que sea– se queda en anecdótica. Allí el presidente podía aprender impasibilidad (si la necesitara) y caradura de los políticos brasileños. Pero tampoco tuvo que hacer mucho esfuerzo para que las cámaras lo dejaran en paz y se desviaran hacia la puerta de la cadena Ser, en Madrid, donde Irene Montero montaba su numerito. Otros, como Pablo Echenique, manifestaban su equidistancia entre la ultraderecha de Le Pen y el centro de Macron. Y todavía se extrañan de que muchos prefieran seguir votando al PP, aunque sea corrupto...

La amenaza de la moción de censura, más que respiración boca a boca, era todo un depósito de oxígeno. Rajoy tuvo que contenerse para no pedir que lo subieran al Pan de Azúcar a bailar samba. Como han apuntado los analistas, Iglesias no trata de aniquilar al PP, sino al PSOE. El efecto de su ambición sería que Podemos se quedase como único partido de la oposición. Solo que sin posibilidad de gobernar: tendríamos, pues, un neo-bipartidismo en el que ganase siempre el PP, que se convertiría en una especie de PRI a la española. Con una peculiaridad: el tapado sería una y otra vez Rajoy.

Marea la corrupción, pero yo, francamente, no veo alarma social por ningún lado. Al electorado español no le ha importado nunca la corrupción, salvo en algún paréntesis en que ha querido exhibirse como digno. Al PSOE corrupto no han parado de votarlo. Al PP corrupto igual. Los alcaldes corruptos han sido reelegidos sin cesar. Gil y Gil reeditaba en Marbella sus mayorías absolutas...

Hubo un partido que luchó efectivamente contra la corrupción: UPyD. Pero no lo votaban lo suficiente. Su constitucionalismo y su respeto a las leyes les resultaban aburridos a los que luego se han lanzado a votar a Podemos, que vende “soluciones” más vistosas (y dudosamente democráticas). Lo recordé hace poco y lo vuelvo a recordar: los futuros podemitas debutaron en la vida pública boicoteando a Rosa Díez. Es decir: al partido que de verdad estaba luchando contra la corrupción. Luego, además, impidieron que gobernase el PSOE con el apoyo de Ciudadanos. Así que no se pongan estupendos.

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En El Español.

24.4.17

Fantoches como en el 14

Le Pen y Mélenchon: la nueva pareja estrafalaria. Guatemala y Guatepeor (o al revés). Escribo antes de conocer los resultados de la primera vuelta de las presidenciales francesas. Si pasan los dos, el desastre. Si pasa uno solo, aún habrá salida. De momento. El mundo parece haberse convertido en una bomba de relojería. Está como impaciente por no llegar entero al centenario del final de la Primera Guerra Mundial, que será el año que viene. El escarmiento no ha durado ni un siglo (o menos, si contamos la Segunda).

En el centenario del comienzo se publicó el libro de Margaret MacMillan 1914. De la paz a la guerra (ed. Turner), que documenta exhaustivamente los hilos que, desde el siglo XIX y el comienzo del XX, desembocan en la Gran Guerra. Justo en un momento en que Occidente estaba en su esplendor, en pleno progreso y con un optimismo desaforado en el futuro. MacMillan no es determinista: incluye en su análisis la importancia del elemento biográfico, es decir, del papel de los dirigentes, que pueden actuar en una u otra dirección. Una de las virtudes del libro es su galería de retratos: los esbozos, que van saliendo al paso de acuerdo con el relato, de los veinte o treinta personajes que cortaban el bacalao en la época. Eran, por lo general, unos fantoches.

Cuando leí el libro el mundo estaba más alejado que ahora de ese panorama. En menos de cuatro años, se ha aproximado peligrosísimamente: como si, en verdad, al cabo de un siglo se hubiera deshecho algún encantamiento. Los gobiernos democráticos empiezan a saturarse de fantoches también (los no democráticos o los dudosamente democráticos ya lo estaban). Y con una novedad: en la presidencia de la democracia más poderosa hay por primera vez un mamarracho equiparable al zar o el káiser del 14. Y con mayor capacidad ejecutiva de la que tenían estos, por cierto: al fin y al cabo, el pueblo le ha dado el poder.

El papel del pueblo, de los pueblos, en el estallido de la Primera Guerra Mundial es otro de los aspectos inquietantes. Según cuenta MacMillan, los dirigentes estaban acostumbrados a llegar al límite en sus bravuconadas, pero sin traspasarlo en la mayoría de las ocasiones. Hasta que cobró fuerza un actor nuevo: la prensa (con su derivado, la opinión pública), que los empujó a traspasar el límite, sin capacidad de retorno. La combinación del juego de los dirigentes con el empuje de la prensa y la opinión pública resultó letal.

Con todo, cuesta trabajo ser catastrofista. Pese al ascenso de los fantoches, escribo esto con un fondo de optimismo todavía. El dato pesimista es que antes de la Primera Guerra Mundial –como he apuntado– también imperaba el optimismo.

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En El Español.

19.4.17

Qué mono

Con la última monada de Pablo Iglesias, ese tramabús de horrendo nombre, seguro que los poderosos de este país han encargado más cajas de champán del caro. Y hasta habrán pedido que se las lleven en autobús, para hacer juego. Podemos es lo mejor que les ha pasado en los últimos años, un motivo continuo de brindis.

Pablo es el monito de “la casta” o “la trama” (yo prefiero llamarla “nuestra estólida élite”) y, mientras siga dando sus volteretas populistas (de apariencia progresista pero en verdad reaccionarias), todo estará atado y bien atado. Naturalmente, la deleznable casta o trama o estólida élite es mil veces preferible a Podemos. Esa es la cuestión. Entre otras cosas porque con este partido la corrupción se multiplicaría por mil, y encima nos llevaría a la ruina. Es lo que ha hecho el populismo en sus Argentinas y sus Venezuelas. La razón es muy simple: la única solución es la democracia, más democracia; no ponerla en entredicho con aventuras dudosamente democráticas.

Algunos pasitos se han dado en España contra la corrupción. Hace unas semanas acabó en condenas el juicio por las tarjetas black. Recuerdo que en La Sexta se apresuraron a ponerle el micrófono a Pablo Iglesias, tomándolo por paladín contra la corrupción. Pero el juicio se celebró por la denuncia de UPyD: el partido que más eficazmente estaba luchando contra la corrupción y al que Pablo Iglesias, ¡ay!, saboteó en la Complutense, cuando no dejó hablar a Rosa Díez. Una de sus monadas inaugurales.

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The Objective

17.4.17

Vuelve la mariscada

La vez que más cerca he estado de convertirme en activista político fue cuando, al ir a pegarme una mariscada con los amigos (¡el verbo pegar es el correcto aquí!), propuse que llevásemos todos la chapita de “Yo también soy Pepe Barrionuevo”. La chapita la habían sacado unos diputados del PSOE para mostrarle su apoyo al exministro del interior, condenado por los GAL. De aquellos gestos viene también la ruina actual del partido. Debieron de darse cuenta ya entonces (1998), porque la chapita desapareció pronto de la circulación. Nosotros, de hecho, no la conseguimos. Así que tuvimos que pegarnos la mariscada de paisano. (Nuestra mariscada, por cierto, era de oferta, lo que en realidad le quitaba verosimilitud a la chapita).

Ahora, de la mano y del Instagram de Ramón Espinar, vuelve la mariscada. Y ha sido un magdalenazo proustiano. Qué bien nos lo pasamos en los ochenta y primeros noventa con la voracidad mariscadora de los socialistas en el poder. Era un constructo en parte real y en parte ficticio, como una proyección que hacíamos de los chistes de Carpanta pero con bogavantes y centollos. Simbolizaba el afán por el dinero y por la buena vida, y los amigotes, aunque nos reíamos con complicidad y hasta simpatía, guardábamos un fondo puritano de censura. Un argumento que corría para apremiar a que los socialistas se fueran era el de que la derecha vendría ya robada, y se sobreentendía que mariscada. Presunción desmentida luego por el PP. La conclusión es que venir robado no cura de seguir robando.

Durante el zapaterismo hubo un declive de la mariscada. La verdad es que cuando los socialistas volvieron se la dejaron fuera. Es la señal de que el de Zapatero era un socialismo prepodemita: adusto, moralizante, espiritual. El menú favorito era el de la empanada ideológica. El regreso de la derecha con Rajoy, en plena crisis, tampoco ha dado margen para el exhibicionismo. Lo que se hayan comido ha sido en los reservados de los restaurantes. O, como en el caso de Rodrigo Rato, tras el biombo de la tarjeta black.

Así que lo de Espinar ha estado bien, porque recupera una tradición languideciente de los mejores años de la política española. Con Podemos se había agudizado la tendencia –ya existente, como acabo de indicar– de la predicación antihedonista. Y es de agradecer que haya surgido del propio Podemos la iniciativa de sacar la mariscada del armario. Un outing beneficioso para todos, a ver si nos relajamos un poquito.

Prometo que en mi próxima mariscada (¡tampoco me pego tantas, no se crean!) llevaré una chapita en que habré mandado poner “Yo también soy Moncho Espinar”.

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En El Español.