11.11.17

¡Jaaarl!

Los malagueños con padres de la edad de Chiquito poseíamos todas las claves de su humor, algo así como un oído absoluto para sus chistes. No se nos escapaba ningún matiz, como si fuésemos de repente especialistas o entendidos en algo. Podíamos apreciar así el cruce prodigioso que había en él de lo popular y lo singular; lo que hacía ese hombre –por decirlo en términos pomposos– con la tradición, con la tradición viva de la calle. Haber saltado al concurrido ring de la gracia malagueña y haber ganado por k.o.

Aunque, pienso ahora, quizá sí se nos escapaba algo recóndito que solo podían captar los que, como Chiquito, pasaron hambre en la posguerra. A nosotros, niños del desarrollismo, ese dolor nos llegaba ya absuelto; tan purgado de sí que, aunque a veces se verbalizaba, ni nos lo imaginábamos. Solo con el tiempo hemos atisbado qué había detrás de ciertas reticencias, de ciertas resignaciones, adónde apuntaban los amagos de fatiga. En los chistes de Chiquito y en las entrevistas de Chiquito también estaba esto, para que no faltase nada.

No recuerdo otro momento más intenso de felicidad colectiva que el estreno de Condemor en el ya desaparecido América Multicines. Fue en 1996, en el corazón de los años dorados del chiquitismo. La sala estaba a tope para la sesión golfa, media hora antes de que empezara la película. Esta luego resultó decepcionante (salvo en las intervenciones estrictas de Chiquito), pero la obra de Chiquito éramos nosotros en las butacas. En aquellos minutos previos había un jolgorio chiquitesco inigualable, con imitaciones, risas, meticulosos aspavientos y sus “jaaarl”, “cómorrrl”, “pupita”, “Bonanza”, “cuidadín”, “me cago en tus muelas”, “no puedorl, no puedorl”, “al ataquerrr”, “pecadorrr”... Nadie se estaba sentado, esgrimíamos nuestros pasitos en el estrecho espacio de las filas, en un estado de embriaguez humorística como nunca he vuelto a sentir.

Siempre que me lo crucé por Málaga iba del brazo de su mujer, Pepita, según una tradición también muy malagueña de los matrimonios avenidos. La última fue la mejor, hará seis o siete años. Chiquito se había vuelto hacia ella y le decía algo con mucha discreción, pegándose mucho para que no se viera. Pero yo venía de frente y lo vi. Ella sacó unas monedas del bolso y se las dio a él. Unos pasos más adelante había un mendigo, al que Chiquito, cuando llegaron a su altura, le dio esas monedas espontáneamente y le dijo unas palabras de cariño. Con esa misma delicadeza nos trató a todos, nos lo dio todo. Gracias, maestro.

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En The Objective.

(Y el año pasado: "Chiquito el grande").

6.11.17

Proceso masturbatorio

Si hablamos de sentimientos, sentí pena cuando Marta Rovira se echó a llorar ante las cámaras por el encarcelamiento de Oriol Junqueras y los demás exconsellers; pero también sentí asco. No por ella, sino por mi repugnancia a ese tipo de emociones asociadas a la política. Y por el carácter masturbatorio que detecto en el procés. ¿Cómo se ha podido meter esa gente ahí, en esa poza de mermelada tan densamente sentimental?

No me tomo a broma sus lágrimas, ni las de Rovira ni las de quienes lloran en las concentraciones independentistas; porque no me parecen lágrimas cínicas sino auténticas. Pero resultan embarazosas porque son la efusión de un proceso íntegramente autorreferencial. Están atrapados en el bucle melancólico de que hablaba Jon Juaristi, que en el caso del nacionalismo catalán es también narcisista, sadomasoquista y pasivo-agresivo. Cuesta (e incluso duele) hacer estas afirmaciones tan tajantes, poniéndome de psiquiatra. Pero a estas alturas está todo claro, obscenamente claro... El espectáculo de estos meses ha sido de una transparencia atroz.

Nuestros separatistas tienen un concepto tan elevado de sí mismos que no se pueden permitir reconocer el odio que sienten. No les cuadra verse tan altos y ser tan bajos. Entonces proyectan ese odio de manera especular, y lo que perciben es que sus odiados son quienes les odian. El odio (falso) con que dicen que les odiamos es el odio (real) con que nos odian. (Y en esta primera persona del plural incluyo a los catalanes que se sienten españoles).

Sin el odio no se explica lo que nos han hecho, lo que nos están haciendo. Ese desprecio pasmoso por nuestra democracia, por nuestra Constitución, por lo que somos y representamos. Ese deseo de hundirnos y arruinarnos (como se lee en los infames tuits de Llach, Mainat o Moliner), esa pulsión por trazar la frontera (como hizo Terribas en TV3 en el minuto en que la independencia parecía que iba a funcionar: “Conectamos con el extranjero, con nuestro corresponsal en Madrid”). Desde el otro lado –desde nuestro lado– no hay una agresividad ni una retórica equivalentes. Solo hemos reaccionado a su agresión, desde el Estado de derecho y por el Estado de derecho. Pero nuestra respuesta legítima la introducen ellos nuevamente en su circuito cerrado y la procesan como odio: su propio odio rebotado. Es un engranaje infernal.

Me gustaría que no llorara nadie. Pero no se me ocurre otro modo digno de evitarlo que no sea el de sacar a esas personas del chantaje que se están haciendo a ellas mismas. El chantaje, por supuesto, es a nosotros; pero ante todo a ellos: los independentistas son víctimas, por lo mal que lo pasan. Su victimismo es real a este respecto. Son víctimas de sí. De su propia estafa.

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En El Español.

5.11.17

Amor fati

Hay una sabiduría –enjundiosa y tersa– que consiste en aceptarnos a nosotros mismos y en aceptar nuestra historia de un modo total, pleno, aunque sobrio, sin alharacas ni tragedia. Eso produce una sonrisa íntima y una suerte de felicidad. Todo lo que nos ha pasado, todo lo que no nos ha pasado para llegar aquí. Ahora descubrimos que cada instante transpiraba miel: una miel translúcida y ligera que entonces no percibíamos pero que nos llega ahora, atravesando los años, con toda su dulzura. Lo que hemos vivido, sin que haya sido gran cosa, nos produce una alegría de carácter irónico, nos produce una piedad limpia, sin resentimiento. El amor fati, el amor al destino (no tanto el que nos va a llevar a otro punto, como el que nos ha traído a éste), es el sentimiento que se produce en uno cuando acepta –de manera física, sensible, plena– la inocencia del devenir. Es precisamente su sustancia, su incesante pasar, lo que hace valioso al tiempo. Si se detuviera, moriría –a la vez que lo desamaríamos.

El sentido hondo, radical, del amor fati: el tiempo, la vida, nos ha traído hasta aquí, y justo de esta forma que somos; no podemos eliminar (ni eludir) ni una sola de sus circunstancias. Todo desemboca en este instante, y de otro modo no seríamos. Quejarse no tiene sentido. Implica una falta de comprensión profunda de la inocencia del devenir. (Lo que se anhela en el fondo con la queja es la repetición, la irrealidad, la muerte.) La madurez, la responsabilidad, no tiene otro camino que el doloroso –y gozoso– juego de los límites.

2.11.17

Banderas irónicas

Lo más bonito es que no se ha roto la relación esencial que teníamos con la bandera española desde la muerte de Franco: esa relación abierta, algo distante, irónica. Una relación no nacionalista.

Hubo un detalle en el Ave que iba de Madrid a Barcelona el domingo 8 de octubre temprano. El tren iba lleno de gente con banderas para la manifestación. Parecía que algo había cambiado, que las banderas iban volviéndose sustanciales. Yo estaba por ellas, iba con ellas, me manifestaría junto a ellas, pero algo me incomodaba: la previsión de que se perdería ligereza. Entonces alguien dijo de broma, señalando uno de los televisores del vagón: “¡Que nos pongan el Nodo!”. Y reímos. Nos reímos saludablemente de nosotros mismos. Nos manteníamos en el mismo espacio mental.

Y ese era el espacio que acudíamos a defender. Está ya claro que nos hemos pasado de dejadez en los últimos cuarenta años, que la otra cara de esa ironía es que no hemos tenido una relación normal con la bandera y ha persistido la culpa del nacionalcatolicismo aunque ya no nos correspondiese; pero esta actitud al fin y al cabo se traducía en libertad cotidiana. Lo que nos faltaba era explicitar que es nuestra bandera la que la preserva, porque es el símbolo de esta España democrática que ampara a todos.

Durante estas semanas he venido fijándome en las banderas de la fachada de un edificio enorme que hay en las afueras de mi ciudad. Ha ido aumentando su número conforme la crisis independentista de Cataluña se agudizaba. Pero el lunes por la tarde me asomé y ya no había ninguna. Esa es nuestra normalidad. Lo que hemos aprendido (y esto también es bonito) es que para preservar nuestra relación irónica con las banderas a veces hay que sacarlas en serio.

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En The Objective.

30.10.17

El zen del 'procés'

Ayer domingo sucedió en Barcelona algo extraordinario: una catedrática de Derecho Constitucional habló de acuerdo con el derecho constitucional, un filósofo y profesor de Ética defendió el pensamiento, la libertad y la igualdad, y dos políticos de izquierdas sostuvieron discursos de izquierdas y por lo tanto antinacionalistas.

Esta vuelta de las cosas a sí mismas, algo a lo que nos habíamos desacostumbrado, me ha recordado lo que decía un maestro zen: “Antes de estudiar zen, los montes son montes y los ríos son ríos; mientras estudias zen, los montes ya no son montes y los ríos ya no son ríos; pero una vez que alcanzas la iluminación, los montes son nuevamente montes y los ríos son nuevamente ríos”. Esos montes y ríos que retornan no son exactamente como los primeros sino más nítidos, más limpios; porque fueron puestos en cuestión y volvieron purificados.

En política estamos teniendo un aprendizaje parecido gracias al procés: la lucha contra sus mentiras, el desenmarañamiento de sus turbiedades, está dejando una verdad despejada, más poderosa. Como los montes y los ríos previos, percibidos como “montes” y “ríos” de manera rutinaria, por inercia, también la democracia nos parecía que se nos daba sin más. Ha hecho falta una sacudida antidemocrática para que recordásemos que la democracia es algo por lo que hay que luchar: así la hemos visto nuevamente, como es.

Tiene que ver con esta reflexión de Hannah Arendt sobre los orígenes del totalitarismo, que ha recordado estos días Miguel Ángel Quintana Paz: “El sujeto ideal del dominio totalitario no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino personas para quienes la distinción entre hecho y ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento) ya no existe”.

Llevábamos demasiado tiempo con catedráticos de Derecho Constitucional que dispensan coartadas para violar la Constitución, con filósofos rendidos a la tarea de argumentar sumisiones oscurantistas (como el inefable Bernat Dedéu, nuestro Milikito en Siracusa), y con políticos que se dicen de izquierdas entregados a causas reaccionarias como el nacionalismo, el socavamiento de la ley común o la desigualdad entre ricos y pobres (en favor de los ricos).

Pero por encontrarnos en estas brumas nos ha alcanzado tan poderosamente la iluminación: ¡qué fogonazo el de las palabras que se dijeron ayer en Barcelona! Como estas del gran Félix Ovejero: “La ley es el poder de los excluidos del poder”. ¡Cuánta luz, una luz fresca! Casi me puse a levitar.

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En El Español.

28.10.17

África empieza en los Pirineos

África empieza en los Pirineos, pero en cuanto se sale de la “república catalana independiente” reaparece Europa. Así han puesto las cosas los separatistas. Los que nos hemos educado en la idea de que Cataluña era la región más avanzada de España, la que representaba la posibilidad hispánica de ser europeos, no salimos de nuestro estupor.

De repente –un de repente trabajado durante décadas por el nacionalismo– Cataluña es un socavón carpetovetónico. Cualquier otro lugar de España es hoy más avanzado que Cataluña. La salida que teníamos para Europa se ha convertido en una trampilla que nos devuelve a la peor España: la de los espadones y las asonadas del siglo XIX, la de la ruina institucional que se traducía en ruina física. Cataluña es hoy Celtiberia Show.

El espectáculo de estas semanas, que culminó en la astracanada de anteayer y ayer, ha sido inaudito. La falta de decoro y de respeto –por sí mismos y por los demás– es el signo de una decadencia galopante. La “república catalana independiente”, por pretender huir de España con tan poca clase y tan poca inteligencia, ha recaído en la España de la que España ya se había librado.

Estaría por pensar que aquella Cataluña europeizante fue una proyección española, dinamitada ahora por los nacionalistas. Estos habrían dejado Cataluña reducida a lo que es: una cosa pequeña, pueblerina, entregada a eso tan español (en el viejo sentido) de disponerse a vivir peor en nombre de una idea falsa.

Estaría por pensarlo, pero no lo pienso: porque sé que los nacionalistas son solo una parte de los catalanes. Y será a los otros, a los no nacionalistas, a los que no han llevado ni una velilla en esta mojiganga, a los que tendrán que mirar los catalanes del futuro para no morirse de vergüenza.

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En The Objective.

26.10.17

¡Viva Manolo Escobar!

La de Manolo Escobar, en efecto, es la verdadera canción protesta: la protesta en favor de la alegría de vivir contra las brasas fúnebres de los Lluís Llach; canción ligera vs. canción pesada. Recupero dos textos míos de 2006 en que postulaba a Manolo Escobar como avanzadilla de la Transición, en contraposición con el landismo, que encarnaría los estertores (¡sexuales!) de la España de la dictadura. Aparecieron en los comentarios del blog (entonces) de Arcadi Espada; este fue su hábitat, que determinó en cierto modo el tono.

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Manolo Escobar y la canción ligera

Bueno, bueno, tengo que salir en defensa del gran Manolo Escobar, que hoy denuesta Arcadi en su carta de El Mundo. El arte de Manolo Escobar, desde luego, queda achicado si se le compara con los grandes dramones de la copla. Nada más lejos de él que los almodovarianos melodramas. No ha cantado con las tripas, ni se ha desgarrado, ni se ha derramado hemorrágicamente en los escenarios y en los discos. Pero ha aportado algo que siempre faltó en España: ligereza. Levedad, sonrisa y cariño. En un país de cazurros hoscos no es poca cosa. Manolo Escobar ha aportado la civilización de la intrascendencia. Estoy convencido de que Nietzsche lo hubiese elegido como bastión contra Wagner, si cronológicamente no le hubiera resultado imposible. Lo que cronológicamente pudo hacer Nietzsche, lo hizo: escoger a Bizet y a Chueca. Manolo Escobar ha sido nuestro príncipe anti-engolado: nuestro anti-Plácido Domingo. Se ha pasado setenta años con su sonrisilla y con sus brillitos cucos en el ojo. Paco Ibáñez aporreaba (¡sin arte!) sus guitarras y apestaba a sudor castroestalinista, mientras que nuestro Manolo canturreaba como quien no quiere la cosa "no me gusta que a los toros te pongas la minifalda". ¿Quién tiene más cadáveres a sus espaldas, Ibáñez o Escobar?

Manolo Escobar ha sido también el cantor de una patria frágil e inofensiva, de postal folclórica. Nadie ha cantado nunca "Que viva España" con el rictus congestionado (¡y sanguinario!) con que los euskonazis o los fasciocatalanes cantan sus himnos. "Que viva España" es un anti-himno, irónico y conscientemente risible, como una canción de los payasos de la tele. Y la grandeza de Manolo Escobar estuvo en mantenerla en ese punto de ironía, pero sin agrietarla en esperpento. Manteniendo ese cariño de fondo que suele tenerse por este desastre de país. "Que viva España" es, de hecho, el último estertor de la patria, ya cansada y auto-irónica. Como las canciones sentimentales de Manolo Escobar son el último requiebro sonriente del macho que se sabe en extinción.

De entre todos los versillos de Manolo Escobar, siempre me gustó especialmente este que le canta, en no recuerdo qué película, a una sueca que, tras tener un affair con Manolo en sus vacaciones en España, le escribe para decirle que está embarazada: "Arguno tuvo que sé / quien puso el ansuelo / y a mí me quieren cargá / con ese moshuelo". Quien no sepa ver la gracia que ahí anida es que tiene amazacotada la sensibilidad.

Por otra parte, no nos engañemos. El bueno de Manolo cantaba sin tragedia a esos crepúsculos de la patria y el macho, pero precisamente por ser un hombre tan poco trágico (y tan fuera, por tanto, de la tradición hispánica), ya estaba preparándose sus acomodos modernos. Se casó con una alemana (está claro que porque las españolas, y más las de su época, jamás han sapido chuparla) y se puso a coleccionar arte contemporáneo, avanzadísimo, igual que hizo Billy Wilder. Esto nos da una indicación de que el arte ligero de Manolo Escobar hay que entenderlo como transparencias duchampianas. Son volutas que se elevan sin estrépito, en este mundo apelotonado, competitivo y pomposo. Frente al Arte Trágico, que intenta jodernos la vida, siempre me llamó la atención esa frase (¡sublime en su modestia, si lo pensamos!) que suelen decir los cantantes ligeros (¡lights!) al empezar sus shows: "Espero que les agrade". ¡Para que luego digan que no hemos tenido pensiero debole ni postmodernidad!


Manolo Escobar y el landismo

Siguiendo con lo anterior, se me ocurre una interesante diferencia entre dos tipos de películas españolas de los sesenta-setenta: las de Alfredo Landa y las de Manolo Escobar. En las de Alfredo Landa los españolitos persiguen suecas (normalmente de un modo indigno, en calzoncillos) pero jamás se las follan; mientras que en las de Manolo Escobar sí. Landa y su trouppe landista son seres minúsculos y ridículos, herederos de la represión nacionalcatólica y de la economía del hambre, que ya les resulta mentalmente irreversible a pesar del desarrollismo. Las suecas son el símbolo del Occidente desarrollado y libre, que cruza con sus bikinis provocándoles espasmos de impotencia tercermundista. Manolo Escobar, en cambio, camina más erguido, con arte y con gracia. No persigue ridículamente suecas, sino que las seduce y se las folla. Por el lado landista, tenemos retraimiento y encastillamiento en la torpeza y la ineficacia; por el lado escobariano, gracejo expansivo y aireado que permite contactar con otras culturas.

La España de Landa es la España inutilizada por Franco, la España africana que muere de asfixia. La de Manolo Escobar, en cambio, es la que tiene ganas de vivir y por eso hace la Transición, para que se universalice el bikini y para que las propias españolas, vendadas de negro islámicamente, se despipoten también. Y ahora, por último, un pequeño ejercicio de observación: ¿de cuál de esas Españas vienen nuestros progres? ¡De la landista, obviamente! No en vano el segundo rostro del landismo fue Pepe Sacristán, el Paco Ibáñez de los actores.

23.10.17

Dos millones de frustrados

El verdadero problema político es que hay dos millones de catalanes cuyo futuro inmediato es la frustración. Si aceptamos la cifra de que sean dos millones los catalanes que se quieren independizar. Y va a ser una frustración inevitable, logren independizarse o no.

Sí, si se independizan la frustración también está asegurada. Por una razón simple: han depositado en la política cosas que la política no puede dar. Lo más obsceno del nacionalismo y del populismo, del nacional-populismo, es su excitación de los bajos instintos (resentimiento, victimismo, agresividad, odio) junto con su remisión a una instancia que, aunque se presenta como política, excede lo político, pues se da por hecho que resolverá problemas existenciales y servirá de refugio religioso; que le dará, en fin, sentido a la vida.

Desde fuera se ve diáfanamente la burbuja. Y se ve también cómo les estallará, si llega el día, a los que están dentro. Su nación independiente será, en el mejor de los casos, tan defectuosa como la que abandonaron. O peor, puesto que se encontrarán con un defecto añadido: en ella ya no tendrán el horizonte que tenían en la otra; ese anhelo incumplido que, como los bárbaros de Cavafis, era en sí mismo, al cabo, una solución...

Pero ese anhelo incumplido seguramente lo mantendrán, porque lo más probable es que no se independicen. La frustración será entonces la que ya les conocemos, con un plus de amargura y quizá de violencia. No hay nada peor para un sueño imposible que quedarse al borde de su (aparente) cumplimiento. La sensación de estafa será abrumadora. ¿Cómo va a manifestarse esa frustración? Esta es la cuestión ahora. La pacífica imagen del suflé que baja pausadamente queda antigua. Las metáforas ahora son más virulentas: volcánicas.

Tiene que haber vencedores y vencidos, porque los independentistas se han comportado de una manera inaceptable. Me ha llamado la atención, a este respecto, que haya faltado una figura (yo al menos no la he visto): la del independentista que, sin renunciar a su independentismo, haya advertido de que así no se hacen las cosas y haya cuestionado las falsedades emitidas por los suyos. Esta ausencia me hace pensar que el sueño independentista ha seleccionado a un tipo de sujetos entre los que no era posible esa figura; precisamente porque más que un sueño ilustrado es un delirio oscurantista.

Tiene que haber vencedores y vencidos, pero lo ideal es que no hubiese humillados. El problema (político) es que se han expuesto tanto, han extremado tanto y tan histriónicamente la situación, que la derrota les resultará humillante.

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En El Español.

PD. Rectifico. Resulta que sí existe esa figura, y brillante además... tan brillante en sus críticas a los independentistas que, aunque lo tengo en Twitter, no sabía que era independentista: Xavier Rius, director de e-notícies. Mis excusas para él y para los que estén en su posición.

18.10.17

Pla para desintoxicar

Para desintoxicarme de los nacionalistas catalanes leo a dos catalanes no nacionalistas, trenzados en un libro: el Josep Pla de Arcadi Espada (ed. Omega). El libro era inencontrable, pero lo encontró Manuel Arias Maldonado en Palma de Mallorca. Lo trajo a Málaga, me lo prestó, yo me lo llevé a Madrid y de allí a Barcelona para la manifestación del 8 de octubre. Después le pedí al autor una dedicatoria para el dueño y puso, entre otras cosas: “mi mejor libro, lo escribió Pla”.

Tiene razón. El libro está montado con maestría, de manera que deja hablar a Pla –en sus “notas para un diario” de 1965 a 1968 y en otros textos– y sobre él habla Espada, acerca de Pla: expandiendo y ahondando, comentando al paso, sin traicionar a Pla. Me ha recordado al contagio que produce João Gilberto en los otros cuando cantan con él, que quedan imbuidos de su tempo, de su sosiego. Aquí lo que predomina es la antirretórica, o la retórica sutil de lo concreto, de lo físico y palpable, eludiendo lo sentimental. Esto último tiene tanto más valor por cuanto que en esos años Pla está desgarrado por un asunto amoroso, o mejor, erótico: acometidas solitarias (salvo en sus viajes a Buenos Aires, donde está ella) indisociables ya de la vejez. Tiene miedo de hacer el ridículo y procura no hacerlo. Rechaza además el énfasis.

Luego he vuelto a ponerme la entrevista a Pla de A fondo y he regresado a El cuaderno gris. Al comienzo dice Pla, cuando siente que los padres lo miran decepcionados el día de su veintiún cumpleaños: “Tener hijos en forma de incógnita, de nebulosa, tiene que ser muy desagradable”. Produce nostalgia, pero también esperanza, saber que en la tierra hoy embrutecida por el nacionalismo pudo haber un Montaigne.

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En The Objective.

16.10.17

Indignos de la República

No hay hoy en España unos individuos menos dignos de la república que los autoproclamados republicanos. Ellos son, de hecho, el verdadero obstáculo para toda república viable entre nosotros. Por la sencilla razón de que son republicanos solo nominalmente: en todo lo demás son profunda, abrasivamente antirrepublicanos.

Me refiero, por supuesto, a la república basada en la democracia, en el Estado de derecho y en el pluralismo: no un régimen ideológico para un sector, sino un sistema en el que quepan todos. De este ideal está más cerca nuestra monarquía constitucional (pese al detalle del rey) que esa república sectaria que defienden –y por la que empujan y tienen prisa– nuestros nacionalistas, populistas, comunistas y, ay, una parte de nuestros socialistas. Sus reacciones al discurso de Felipe VI el 3 de octubre lo mostró una vez más.

En fin de cuentas, ¿qué hizo el rey, sino pedir el acatamiento de la Constitución vigente? El rey no fue votado, pero sí lo fue la Constitución ahora quebrantada: y él la defendió frente a sus enemigos; en ejercicio de sus funciones constitucionales. Me hace mucha gracia que los que cuestionan lo que dijo el rey por ser rey no respeten la Constitución, que es una constitución: homologable a las demás constituciones democráticas del mundo. Lo que ellos propugnan será una república solo porque no habrá un rey; pero dudosamente va a ser un Estado de derecho, ni garantizará el pluralismo.

A eso apunta también el tipo de oposición al presidente Rajoy que no se funda solo en sus errores –que son ciertamente muchos–, sino sobre todo, sustancialmente, en su ideología. La incapacidad para apoyarle en la defensa de la Constitución, porque si la hace él se considera que es de derechas, revela una mentalidad netamente falangista, que no disocia el cargo público del partido de quien lo ostenta. Su aspiración de fondo es al partido único, al movimiento nacional.

Los días en que estuvo el Rey sin hablar nos mostraron lo que sería una España republicana hoy: estos republicanos defectuosos tampoco respetarían a un Rajoy que fuese presidente de la república, aunque hubiese sido votado.

No acatan el marco institucional democrático, sino que sueltan cosas como esta de Joan Tardà: “A nuestros hermanos españoles les decimos que el Proceso Constituyente de la República Catalana será palanca de la III República española”. Por estas tejeradas, algunos republicanos apoyamos hoy al Rey. La III República llegará, si llega, por vías constitucionales. Y en contra de los Tardàs.

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En El Español.