18.1.18

Mi Nietzsche (en veinte aforismos)

Esta selección de Aforismos que hizo Andrés Sánchez Pascual para Edhasa contiene, casi sin excepciones, el Nietzsche que más quiero. Selecciono yo a mi vez mis veinte preferidos:

* * *

Todo lo que es profundo ama la máscara.

Las cosas grandes exigen que se calle acerca de ellas o que se hable de ellas con grandeza, es decir, con inocencia –cínicamente.

Oro.– No todo lo que es oro reluce. El brillo suave es propio del metal más noble.

Original.– Lo que distingue a una auténtica cabeza original no es ser la primera en ver algo nuevo, sino el ver como nuevas las cosas viejas, conocidas de antiguo, vistas por todo el mundo y no tenidas en cuenta por nadie. El primer descubridor es por lo general aquel fantoche tan habitual y tan desangelado –el azar.

Sólo se es fecundo al precio de ser rico en antítesis.

Hablar mucho de sí mismo es también un medio de ocultarse.

Para no apartarme de mi manera de ser, que dice sí y que sólo de manera indirecta, sólo contra su voluntad, tiene que ver con la contradicción y la crítica, voy a señalar enseguida las tres tareas en razón de las cuales se tiene necesidad de educadores. Se ha de aprender a ver, se ha de aprender a pensar, se ha de aprender a hablar y escribir: la meta en estas tres cosas es una cultura aristocrática.

Compensación del poeta: sus sufrimientos y el placer de expresarlos.

Un oficio es algo bueno: lo interponemos entre nosotros y los demás y así tenemos un escondite tranquilo y artero y podemos hacer y decir lo que todo el mundo considera que tiene derecho a aguardar de nosotros. También puede utilizarse de ese modo una fama precoz: presuponiendo que, detrás de ella, pueda nuestro yo, sin que se lo oiga, volver a jugar libremente consigo y a reírse de sí mismo.

Sé una placa de oro –así las cosas se inscribirán sobre ti con letras de oro.

El estado genial de una persona es aquel en que, con respecto a una y la misma cosa, se encuentra simultáneamente en estado de amor y en estado de burla.

Signos de aristocracia: no pensar nunca en rebajar nuestros deberes a deberes de todo el mundo; no querer ceder, no querer compartir la propia responsabilidad; contar nuestros privilegios propios y su ejercicio entre nuestros deberes.

Muerte.– Gracias a la segura perspectiva de la muerte podría estar mezclada a cada vida una exquisita y aromática gota de ligereza –¡y lo que vosotros, extrañas almas de boticario, habéis hecho de ella es una gota de veneno que sabe mal y vuelve repugnante la vida entera!

La salud se anuncia: 1) por un pensamiento con un vasto horizonte; 2) por sentimientos de reconciliación, de consuelo, de perdón; 3) por el melancólico reírse de la pesadilla con que hemos estado peleando.

Enemigos de la verdad.– Las convicciones son enemigas de la verdad más peligrosas que las mentiras.

El artista trágico no es un pesimista –dice precisamente incluso a todo lo problemático y terrible, es dionisiaco...

Que vuestra vida esté separada de la calle por un elevado muro de jardín: y si el perfume de las rosas de vuestro jardín llega al otro lado, llevado por el viento, que inspire nostalgia al corazón de alguien.

Nuestros defectos son siempre nuestros mejores maestros: pero con nuestros mejores maestros siempre somos desagradecidos.

Fórmula de mi felicidad: un sí, un no, una línea recta, una meta...

Madurez del adulto: significa haber reencontrado la seriedad que teníamos de niños al jugar.

11.1.18

Jünger y el uniforme congénito

Se ha dicho del escritor alemán Ernst Jünger (1895-1998) que es un esteta de la guerra, pero no: es un metafísico de la guerra. De la guerra y de todo. Su mirada tiene altura y profundidad, e incluye el sufrimiento. Con compasión pero sin sentimentalismo; sí con emoción: fría. Aunque en realidad hay dos Jünger, o tres: el de la Primera Guerra Mundial, el de la Segunda Guerra Mundial y el de los años posteriores. Más de medio siglo, estos últimos: Jünger, como es sabido, murió cuando le faltaba poco para cumplir ciento tres años. En la batalla del Tiempo aguantó como nadie. Aunque su mirada aportaba eternidad desde el principio: de ahí la metafísica. Vivió la historia, pero su comprensión fue más allá de la historia.

El Jünger de la Primera Guerra Mundial fue el único que entró en combate, y muchas veces; como muchas veces fue herido. Salió convertido en un héroe de guerra, con la máxima condecoración: la Ordre Pour le Mérite. El de la Segunda Guerra Mundial, en cambio, no llegó a combatir, aunque obtuvo una condecoración más: la Cruz de Hierro de segunda clase, por haber rescatado dos cuerpos. Sus vivencias de ambas guerras fueron, pues, distintas. En parte por la edad, en parte por el cambio de actitud, en parte por el tipo de guerras que fueron. En plena Segunda Guerra Mundial escribió su tratado La paz, que constituiría el núcleo del pensamiento sobre la guerra del último Jünger.

Al joven Jünger lo animaba el espíritu de aventura. Por huir del instituto y de la vida familiar, se había enrolado con dieciocho años en la Legión Extranjera, experiencia que recrearía en Juegos africanos. Era 1913. El padre logró traerlo de vuelta a casa al cabo de pocas semanas. Pero en 1914 estalló la guerra y Jünger se alistó enseguida. En Tempestades de acero, su célebre libro sobre la Primera Guerra Mundial, escribe:
Habíamos abandonado las aulas de las universidades, los pupitres de las escuelas, los tableros de los talleres, y en unas breves semanas de instrucción nos habían fusionado hasta hacer de nosotros un único cuerpo, grande y henchido de entusiasmo. Crecidos en una era de seguridad, sentíamos todos un anhelo de cosas insólitas, de peligro grande. Y entonces la guerra nos había arrebatado como una borrachera. Habíamos partido hacia el frente bajo una lluvia de flores, en una embriagada atmósfera de rosas y sangre. Ella, la guerra, era la que había de aportarnos aquello, las cosas grandes, fuertes y espléndidas. La guerra nos parecía un lance viril, un alegre concurso de tiro celebrado sobre floridas praderas en que la sangre era el rocío.
Estaría en ella tres años y nueve meses, según el recuento de Helmuth Kiesel. Participó en varias patrullas peligrosas y en ocho grandes batallas, entre ellas la del Somme, y fue herido siete veces. Sirvió en el regimiento 73º de Fusileros de Hannover, llamado “Gibraltar”, como soldado raso, alférez y jefe de compañía. A la guerra se llevó libros y cuadernillos para tomar notas, de los que rellenó catorce. Kiesel, editor de su Diario de guerra (1914-1918), refiere que en 1918 la media de edad de los caídos era de diecinueve años y medio, y Jünger, a sus veintitrés, era el segundo jefe de compañía de más edad de su unidad. Al principio su tono era más bien frívolo. En una de las primeras entradas del Diario anota:
Escribo esto en un hoyo muy avanzado cavado en la tierra, a unos 150 m de la trinchera enemiga. De vez en cuando pasa silbando casi rozándonos un proyectil enemigo o amigo. Por desgracia no vemos por aquí a ningún franchute, si no, podríamos disparar también nosotros. [...] En general, la guerra me parecía más horrible de lo que en realidad es. El espectáculo de los que estaban destrozados por las granadas me ha dejado completamente frío, y asimismo todo este pim pam pum, aunque varias veces he oído silbar muy cerca las balas. En general, lo más desagradable para mí son el frío y la humedad en nuestros hoyos.
Pero la percepción épica va imponiéndose. Como al final de El Bosquecillo 125, su crónica de la guerra de trincheras del último año:
Lo que allí sucedió carece de importancia si se lo compara con los grandes acontecimientos de esta época, mas para nosotros y para nuestro destino ha tenido un peso enorme. [...] El horizonte de los embudos y de las trincheras es un horizonte estrecho. [...] Contra ese fondo horrible se yergue el combatiente, el hombre sencillo, anónimo, sobre el cual gravitan el peso y el destino del mundo.
El peligro y el contacto con la muerte le otorgan espesor a la existencia. O más que espesor: pureza, nitidez; contacto directo con la completud del mundo. Cuando muere el protagonista de la novela El teniente Sturm, el narrador dice: “Su última sensación fue la de hundirse en el torbellino de una antiquísima melodía”. Y en Tempestades de acero relata así Jünger un momento en que lo hieren y cree morir:
Por fin me había atrapado una bala. A la vez que percibía el balazo sentí que aquel proyectil me sajaba la vida. [...] Mientras caía pesadamente sobre el piso de la trinchera había alcanzado el convencimiento de que aquella vez todo había acabado, acabado de manera irrevocable. Y, sin embargo, aunque parezca extraño, fue aquel uno de los poquísimos instantes de los que puedo decir que han sido felices de verdad. En él capté la estructura interna de la vida, como si un relámpago la iluminase. Notaba un asombro incrédulo, el asombro de que precisamente allí fuera a acabar mi vida; pero era un asombro lleno de alegría. Luego oí cómo el fuego se debilitaba; parecía que me hundiese como una piedra bajo la superficie de un oleaje furioso. Allí no había ya ni guerra ni enemistad.
Las vivencias épicas y metafísicas, con todo, se situaban en un contexto histórico que Jünger iría analizando en los años siguientes: el de un cambio de época en que el humanismo era sustituido por el imperio de la técnica y la figura del trabajador. En obras como La movilización total (1930), El trabajador (1932) o Sobre el dolor (1934). En su Alocución en Verdún de 1979 dijo Jünger: “Entonces, cuando nos apretujábamos en los conos abiertos en el suelo por los proyectiles, aún creíamos que el ser humano es más fuerte que el material. Eso se ha revelado como un error”. Y en Los titanes venideros, ya a sus cien años:
Para mí, el verdadero gran motivo de interés ha sido la técnica, cuya potencia se ha manifestado de manera impresionante en la guerra mundial de 1914-18, la primera guerra de materiales. Se trató de un conflicto profundamente distinto de todos los anteriores, porque el choque no se produjo solamente entre ejércitos, sino entre potencias industriales. Ante aquel escenario mi visión de la guerra asumió la forma de un activismo heroico. Naturalmente, no se trataba de simple militarismo, porque siempre, también en aquel entonces, he concebido mi vida como la vida de un lector antes que como la de un soldado.
Al frente se había llevado, de hecho, el Orlando furioso y el Tristram Shandy, que fue leyendo en las pausas entre los combates. En el periodo de entreguerras se afianzó su vocación de hombre de letras (interesado también por la ciencia: se matriculó en zoología; en sus cuadernos de la guerra ya había hecho un registro exhaustivo de los coleópteros que se fue encontrando), así que cuando llegó la Segunda Guerra Mundial su prioridad era otra. En Radiaciones, sus diarios de esta guerra, escribe el siguiente pasaje, que destaca el traductor Andrés Sánchez Pascual en el prólogo de la edición española (Tusquets):
En ciertas encrucijadas de nuestra juventud podrían aparecérsenos Belona y Atena –la primera con la promesa de enseñarnos el arte de guiar veinte regimientos al combate de manera que estuvieran en su puesto en el momento de la batalla, mientras que la segunda nos prometía el don de juntar veinte palabras de manera que formasen una frase perfecta. Y pudiera ser que eligiésemos el segundo de los laureles; este crece, más raro e invisible, en las pendientes rocosas.
Aunque en un principio se había interesado por Adolf Hitler y otros extremistas –también de extrema izquierda– que daban voz al malestar por la crisis alemana de posguerra y el Tratado de Versalles, Jünger fue inequívoco desde muy pronto en cuanto a sus diferencias con los nazis. Le protegía el aprecio que le tenían Hitler, que lo admiraba por Tempestades de acero, e inicialmente Joseph Goebbels. Pero rechazó dos veces, en 1927 y 1933, ser diputado del Reichstag por las listas nacionalsocialistas, y se negó igualmente a ingresar en la Academia Alemana de Poesía, ya depurada. En 1939, justo al comienzo de la guerra, publicó En los acantilados de mármol, una alegoría contra el nazismo. Por esto y por una mención del salmo 73 de la Biblia que aparecía en la primera entrega de Radiaciones, titulada Jardines y carreteras (1942), que Jünger no aceptó eliminar, Goebbels negó cupos de papel a las futuras ediciones de sus libros, con lo que los prohibía de facto. Con esa mención del salmo 73 (“los que se alejan de ti se pierden, tú destruyes a los que te son infieles”), Jünger estaba pidiendo, como señala Sánchez Pascual, la derrota del Tercer Reich.

Fue llamado a filas como capitán de la reserva en 1939. Participó en la invasión de Francia, en la retaguardia. Estuvo destinado en París entre 1941 y 1944, bajo la protección sucesiva de los oficiales Hans Speidel y Carl-Heinrich von Stülpnagel, que no eran nazis; el segundo participó en la conspiración contra Hitler. Con un paréntesis en el frente ruso entre finales de 1942 y principios de 1943. Fue desmovilizado en septiembre de 1944, aunque su gran pérdida se produjo después: en noviembre moriría su primogénito Ernstel combatiendo en Carrara. Tenía dieciocho años. Jünger no lo sabe hasta enero de 1945, y entre otras cosas escribe: “Mi buen muchacho. Desde niño aspiró a imitar el ejemplo de su padre. Y ahora, ya en la primera ocasión, lo ha hecho mejor que él, lo ha sobrepasado infinitamente”.

Los diarios de la Segunda Guerra Mundial, Radiaciones, publicados en España en dos tomos por la editorial Tusquets (como casi toda la obra de Jünger), son seis: el ya mencionado Jardines y carreteras, Primer diario de París, Anotaciones del Cáucaso, Segundo diario de París, Hojas de Kirchhorst y La cabaña en la viña (Años de ocupación). Jünger, en el importante Prólogo, los define como “un curso de metafísica realizado entre parábolas”. Su empeño consistiría en “la ordenación de las cosas visibles de acuerdo con su rango invisible”. Abarca de 1939 a 1948 y la intención del autor al reunirlos es “dar la imagen de la catástrofe que, cual una ola, va encrespándose poco a poco, rompe contra las rocas y luego refluye. La catástrofe golpea a cada uno de modo diferente, pero a todos los afecta al mismo tiempo”.

Hay un interesante documental del escritor y director argentino Edgardo Cozarinsky con textos de los diarios de Jünger e imágenes documentales de aquellos años: La guerre d’un seul homme [La guerra de un solo hombre] (1981), que puede verse en YouTube. El título hace alusión a la actitud de Jünger durante la guerra: una actitud individual, singular, equivalente a la del anarca que él mismo categorizó. Esa es la actitud que ha pasado por esteticista. En el libro de entrevistas Los titanes venideros le preguntan a Jünger por la conocida escena en que se toma una copa de “borgoña a las fresas” desde la azotea de su hotel de París mientras contempla un bombardeo. Y responde: “Con ello quería expresar mi distanciamiento: tanto de los que volaban en lo alto sobre la ciudad como de la gente que había en las calles, aterrorizada. Estaba solo conmigo mismo y bebía mi borgoña. No era cinismo, era una defensa estética frente al miedo a la muerte. La escena de guerra se había transfigurado para mí en espectáculo”.

Pero en realidad esos momentos no abundan. Su mirada distanciada tiene más que ver, como dije, con la metafísica que con la estética. Y por lo general no elude el terror ni el sufrimiento, sino que trata de elevarlo. Así ocurre en uno de los momentos más intensos de Radiaciones, en que, como nos advierte Sánchez Pascual en su prólogo, Jünger se debate nada menos entre si desertar o suicidarse, hasta concluir que no hará ninguna de las dos cosas, puesto que el uniforme es congénito. Está fechado en Vicennes, el 29 de abril de 1941:
Hôtel de Ville y muelles del Sena; estudiado los puestos. Tristitia. Buscado salidas: las únicas que se ofrecían eran dudosas. Notre-Dame, sus demonios, más bestiales que los de Laon. Estas imágenes ideales contemplan fijamente con una mirada llena de saber los tejados de la gran urbe y al mismo tiempo ven reinos cuyo conocimiento ha desaparecido. El conocimiento, desde luego: ¿pero también la existencia? [...] Buscando, en el trayecto que lleva del Pont Neuf al Pont des Arts, la salida a que antes he aludido, he comprendido con toda claridad que únicamente dentro de nosotros mismos está lo laberíntico de la situación. De ahí que sería perjudicial el empleo de la violencia, destruiría muros, cámaras de nosotros mismos –el camino que lleva a la libertad no es ese. Las horas vienen reguladas desde el interior del reloj. Si movemos las agujas, modificamos las cifras, no la marcha del destino. Desertemos adonde desertemos, con nosotros llevamos nuestro uniforme congénito; y ni siquiera en el suicidio logramos escapar de él. Es preciso que nos elevemos, que nos elevemos también a través del sufrimiento; entonces se vuelve más comprensible el mundo.
En aquel tiempo estaba redactando La paz (1941-1944), cuya finalidad era “puramente personal; debía servir a mi propia formación –en cierto modo como entrenamiento en la justicia”. En tal documento, que sería completado con El Estado mundial (1960), escribe Jünger: “Bien podríamos decir que esta guerra ha sido la primera obra en común de toda la humanidad. La paz que le ponga término habrá de ser la segunda”. Tras hablar del “gran tesoro de sacrificios” que será “el solar de la nueva edificación del mundo”, concluye:
La persona singular ha de entender ante todo que la paz no podrá brotar del cansancio. También el miedo contribuye a la guerra y a la prolongación de la guerra. [...] Para que haya paz no basta con no querer la guerra. La paz auténtica supone coraje, un coraje superior al que se necesita en la guerra; es una expresión de trabajo espiritual, de poder espiritual. Y ese poder lo adquirimos cuando sabemos apagar dentro de nosotros el fuego rojo que allí arde y desprendernos, empezando por las cosas propias, del odio y de la división que el odio trae consigo.
El uniforme congénito, al cabo, es el que obliga a cumplir ese deber.

* * *
Publicado en el trimestral Jot Down nº 20, especial Guerra.

10.1.18

Grande Pessoa

Pasó algo precioso el otro día, con Pessoa. Me dio por poner en Twitter la siguiente encuesta: “Sobre esta frase que circula de Oscar Wilde: ‘Sé tú mismo. Los demás puestos ya están ocupados’. ¿Qué creen que diría Fernando Pessoa? ‘Mi propio puesto está...’”. Ofrecía dos opciones: “vacante” y “superpoblado”. Lo precioso fue que casi empatan las dos. Se mantuvieron durante muchas horas al 50%, y al final ganó “vacante” con un 52%.

¿Qué otro escritor hay así? Lo de “superpoblado”, como apuntaron algunos, le pegaba más a Walt Whitman, el que dijo lo de “contengo multitudes”. Pero el autor del Canto a mí mismo –al que tomaron como maestro dos de los heterónimos de Pessoa, Alberto Caeiro y Álvaro de Campos– no hubiera podido compaginar lo de estar superpoblado con lo de estar vacante. La grandeza de Pessoa está en esa compaginación.

Vacante, con el yo difuso, dubitativo, borroso, fantasmal, y al mismo superpoblado de heterónimos. Despersonalizado e impersonado –y lo uno como condición de lo otro. La obra entera de Pessoa es, como él dijo, un “drama en gente”. Un drama no dividido en actos, sino en personas, en pessoas: en máscaras.

Me acuerdo de lo que decía Antonio Carlos Jobim (adaptador, por cierto, de dos poemas de Pessoa, “O rio da minha aldeia” y “Cavaleiro monge”) al ver que los únicos que tenían más canciones que él en las listas eran los Beatles: “Pero ellos son cuatro y yo solo uno”. Pessoa fue uno y cuatro (y más de cuatro). Y a la vez no fue nadie.

(La frase de Wilde, por otra parte, resulta que es apócrifa. De sus frases verdaderas mi favorita es: “Uno debería ser siempre un poco improbable”. Aunque, para que quedase redonda, tendría que haberle puesto un añadido pessoano: o no ser).

* * *
En The Objective.

Novedad (en portugués): Archivo digital del Libro del desasosiego.

9.1.18

Jot Down 21

En el trimestral nº 21 de Jot Down, especial URSS, que salió a la venta hace ya unas semanas, colaboro con el artículo "La Revolución en directo", sobre el libro de Jacques Sadoul Cartas desde la revolución bolchevique (ed. Turner). La revista se puede comprar en librerías o por la web de Jot Down.

8.1.18

Ciudadanos como fracaso

Al ver el odio que entre muchos suscita Ciudadanos suelo acordarme de lo que escribió Bertrand Russell sobre Spinoza en su Historia de la filosofía occidental: “Spinoza es el más noble y el más amable de los grandes filósofos. Intelectualmente algunos le han superado, pero éticamente es supremo. En consecuencia, durante su vida y un siglo después de su muerte, se le consideró un hombre temiblemente malvado”. Sé que es exagerado comparar a un partido medianito como Ciudadanos con un filósofo enorme como Spinoza, pero los comparo justamente por eso en lo que resultan comparables. Al fin y al cabo, Ciudadanos no es odiado por sus defectos –que los tiene– sino por sus virtudes.

Tengo para mí que ese odio es un síntoma de lo que va mal en España, un país con una relación conflictiva con lo político: dejado (pasivo) en un extremo y excesivamente ideologizado en el otro. Una ideologización esta última que tiende más que nada a lo pegatinesco: hace de la ideología un complemento del vestir que ejerce como rasgo identitario. Así, entre votantes desinteresados y votantes partidistas parece que nunca llegan a afrontarse los problemas que tienen que ver con la realidad. Solo, acaso, los económicos, cuando acucian. Pero nunca los educativos, los judiciales, los relacionados con la corrupción, ni verdaderamente los territoriales. Los partidos suelen derrochar sus energías en sus propias derivas ilusorias (y eso en el tiempo que les deja libre la lucha por el poder, dentro del partido y con los demás partidos).

A Ciudadanos no termino de verlo como partido de poder, y no sé qué va a pasar cuando el poder le caiga encima. Supongo que tarde o temprano vendrá la decepción para quienes lo estamos votando. Mi deriva ilusoria particular era (es) la de verlo como una especie de partido corrector: de corrector del bipartidismo por la incompetencia de los dos grandes partidos, únicos responsables de la crisis del bipartidismo.

El nacimiento de Ciudadanos en 2006 fue, en realidad, un fracaso: nació porque el PP y el PSOE lo habían hecho mal. En primer lugar en Cataluña, que fue donde Ciudadanos nació: tras el entreguismo del PP y del PSC/PSOE a los nacionalistas. Ciudadanos ha ido creciendo en los últimos años a nivel nacional (tras el suicidio del otro partido reformista, UPyD, que fue igual de odiado), y ha crecido también espectacularmente en Cataluña. El odio que le tienen Podemos y los nacionalistas es normal, porque Ciudadanos combate lo que ellos representan. Lo que no es tan normal es el odio que le tienen el PP y el PSOE: porque Ciudadanos representa lo mejor de lo que ellos deberían representar y se resisten a representar. Y este es el signo de un gran fracaso.

* * *
En El Español.

1.1.18

La ilusión de un principio

Para el fetichista de las fechas, un 1 de enero que cae en lunes es el día perfecto: tiempo de empezar, de empezar de una vez, por más que esté todo empezado. Se trata de empezar con lo que hay, procurando lo nuevo: la vida nueva, naturalmente.

Entramos por la puerta del año, que se encomienda a Jano, dios de las puertas, los finales y los principios. Enero, como es sabido, viene de Januarius (igual que January o Janeiro). El dios Jano mira también para atrás, pero en la práctica le damos un portazo al año viejo y nos abrimos al nuevo. Decía Borges que la mañana “nos depara la ilusión de un principio”. Hoy la ilusión es cuádruple, porque además del día comienzan la semana, el mes y el año. Lo dicho: el día perfecto.

Otro 1 de enero (del siglo XIX) Nietzsche formuló un hermoso propósito en un texto que tituló Sanctus Januarius. Lo copio como estímulo y regalo: “Quiero aprender cada vez mejor a ver lo necesario de las cosas como lo bello –así seré de los que vuelven bellas las cosas. Amor fati: ¡que ese sea en adelante mi amor! No quiero librar guerra a lo feo. No quiero acusar, no quiero ni siquiera acusar a los acusadores. Apartar la mirada: ¡que sea esta mi única negación! En definitiva, y en grande: ¡quiero ser, un día, uno que solo dice sí!”.

Los buenos propósitos son eminentemente autoayudescos. Hay un párrafo de otro alemán, Goethe, que viene a ser la síntesis de toda autoayuda posible: “A propósito de todas las iniciativas, hay una verdad elemental cuya ignorancia mata innumerables ideas y espléndidos planes: en el momento en que uno se compromete de verdad, la Providencia también lo hace. Toda clase de cosas comienzan a ocurrir para ayudar a esa persona, cosas que sin su previo compromiso jamás habrían ocurrido. Todo un caudal de sucesos se ponen en marcha con aquella decisión, ayudándole por medio de incidentes inesperados, encuentros insospechados y ayuda material que nadie hubiera soñado que pudieran ocurrir. Si sabes que puedes, o crees que puedes, ponte en marcha. La audacia tiene genio, poder y magia”. (Obsérvese que esta autoayuda segrega la complicidad –la asistencia– de lo ajeno: el providencialismo es un humanismo, y un universalismo).

Así que ahora o nunca: 2018 o nada. La experiencia nos dice que terminará imponiéndose el desastre anual. Pero hay que empezar fuerte: no vamos a tirar la toalla tan temprano. Con Borges, Nietzsche, con Goethe, nos hacemos la ilusión.

* * *
En El Español.

31.12.17

Lecturas 2017

En mi vida he tenido largos periodos de abulia lectora, pero desde que terminé En busca del tiempo perdido en 2015 me ha entrado una auténtica fiebre. 2016 fue un gran año lector. Y 2017 lo ha sido aún más. Repasar la lista le da ahora densidad a mi año. En ella figuran las lecturas en el orden en que las empecé. Unas las acabé en seguida y otras después de mucho tiempo. Algunas (he hecho el cálculo: un 10%) han sido en diagonal, modalidad que defiendo: responde a la colisión entre el interés o curiosidad por un libro y el tiempo que uno está dispuesto a concederle. Excluyo las abandonadas, con una excepción: la de Boswell. Ha tenido su gracia. Me hice un cronograma para que fuese mi lectura de todo el año. Fui leyendo día a día las páginas estipuladas, convencido de que me estaba encantando; hasta que me reconocí que no: para entonces me hallaba en la página 1.000 (¡duró mi autoimpostura!), y ahí lo dejé. La que aplacé el año pasado (la de Eckermann) no la he retomado este, en que he aplazado otra: la de Pla. He insistido con Horacio, en varias traducciones (y un poco en latín). Ha habido, como siempre, relecturas (que no especifico); e incluyo artículos, prólogos y hasta cuadernillos que para mí han sido importantes. Más que el número–que ha resultado altito– me interesa el itinerario. (De 2018 sé que leeré menos).

1. Dibujo de la muerte. Obra poética (1966-1990). Guillermo Carnero.
2. Vida de Samuel Johnson. James Boswell.
3. Odas (y epodos). Horacio.
4. La cosa en sí. Andrés Trapiello.
5. Antología de la poesía lírica griega (VII-IV a.C.). C. Gª Gual (tr.).
6. Figuraciones mías. Fernando Savater.
7. Filosofía del tedio. Lars Svendsen.
8. Fundido a rojo. José Daniel García.
9. Café des exilés. Juan Manuel Bonet.
10. Años felices. Gonzalo Torné.
11. Agrestes. João Cabral de Melo Neto.
12. Poesía sin estatua. Álvaro García.
13. Hermano de hielo. Alicia Kopf.
14. The Big Thing. Phylis Korkki.
15. Precipitados. Miguel Postigo.
16. La literatura considerada como una tauromaquia. Michel Leiris.
17. Cuatro cuartetos. T. S. Eliot.
18. Edad de hombre. Michel Leiris.
19. El amor del revés. Luisgé Martín.
20. Pessoa/Lisboa. A. Ruiz de Samaniego y José Manuel Mouriño.
21. "Four Quartets" (artículo). Jaime Gil de Biedma.
22. Coros de La Roca. T. S. Eliot.
23. Asesinato en la catedral. T. S. Eliot.
24. Prufrock y otras observaciones. T. S. Eliot.
25. La tierra baldía. T. S. Eliot.
26. Los hombres huecos. T. S. Eliot.
27. Miércoles de ceniza. T. S. Eliot.
28. "Las tres voces de la poesía". T. S. Eliot.
29. "Dante". T. S. Eliot.
30. "Lo que Dante significa para mí". T. S. Eliot.
31. "El rey del bosque". Andreu Jaume.
32. Malgastar. Mercedes Cebrián.
33. "Los poetas metafísicos". T. S. Eliot.
34. Vida nueva. Dante.
35. Breve tratado en alabanza de Dante. Boccaccio.
36. Inventos de la liebre de marzo. T. S. Eliot.
37. Un largo etcétera. Enrique García-Máiquez.
38. Do fuir. Andrés Trapiello.
39. La hora violeta. Sergio del Molino.
40. Nuevas lecturas compulsivas. Félix de Azúa.
41. Autobiografía de papel. Félix de Azúa.
42. Obra poética. Jules Laforgue.
43. Autobiografía sin vida. Félix de Azúa.
44. Los amores amarillos. Tristan Corbière.
45. Vuelta. Octavio Paz.
46. Pasado en claro. Octavio Paz.
47. Diario de un español cansado. Francisco Umbral.
48. La vista desde aquí. Ignacio Peyró y Valentí Puig.
49. Drama e identidad. Eugenio Trías.
50. Apariencia desnuda. Octavio Paz.
51. La prosa del mundo. Luis Antonio de Villena.
52. Las inclemencias del tiempo. Andrés Trapiello.
53. Maestros antiguos (cómic). Thomas Bernhard/Mahler.
54. Asterios Polyp (cómic). David Mazzucchelli.
55. Un pedigrí. Patrick Modiano.
56. Me acuerdo. Georges Perec.
57. Seis propuestas para el próximo milenio. Italo Calvino.
58. Artículos sobre la alegría y la muerte. Fernando Savater.
59. Por el camino de Chuang-Tzu. Thomas Merton.
60. El fanal hialino. Andrés Trapiello.
61. Pensar/Clasificar. Georges Perec.
62. Regiones devastadas. Guillermo Carnero.
63. La inspiración y el estilo. Juan Benet.
64. Diario 1983-1993. José Antonio Gabriel y Galán.
65. Sobre el tiempo. Rüdiger Safranski.
66. Clavícula. Marta Sanz.
67. El tiempo recobrado. Marcel Proust.
68. El árbol de la ciencia. Pío Baroja.
69. Tiempo. Rüdiger Safranski.
70. Naturalidad del arte (y artificialidad de la crítica). Ramón Gaya.
71. El escritor de diarios. Andrés Trapiello.
72. Contra el tiempo. Luciano Concheiro.
73. Autorretrato en espejo convexo. John Ashbery.
74. Viaje sentimental. Laurence Sterne.
75. Alabanza de la lentitud. Lamberto Maffei.
76. Ser sin tiempo. Manuel Cruz.
77. El aroma del tiempo. Byung-Chul Han.
78. Dietario voluble. Enrique Vila-Matas.
79. Bartleby y compañía. Enrique Vila-Matas.
80. El mal de Montano. Enrique Vila-Matas.
81. Solo. August Strindberg.
82. El libro mudo. Nuria Amat.
83. Un ser de lejanías. Francisco Umbral.
84. Construcción. Vicente Luis Mora.
85. ¿Qué fue de la modernidad?. Gabriel Josipovici.
86. Notas de Tautenburg para Lou von Salomé. Friedrich Nietzsche.
87. Cronometrados. Simon Garfield.
88. Prosas apátridas (Completas). Julio Ramón Ribeyro.
89. Antología poética (1923-1977). Jorge Luis Borges.
90. Mansura. Félix de Azúa.
91. Historia de un idiota contada por él mismo. Félix de Azúa.
92. Génesis. Félix de Azúa.
93. La pasión domesticada. Félix de Azúa.
94. Historia de una novela. Thomas Wolfe.
95. Zona (Antología poética). Guillaume Apollinaire.
96. El sótano. Thomas Bernhard.
97. Siete moderno. Andrés Trapiello.
98. El aliento. Thomas Bernhard.
99. El frío. Thomas Bernhard.
100. El jardín de la pólvora. Andrés Trapiello.
101. La noche junto al álbum. Álvaro García.
102. Rama desnuda. Andrés Trapiello.
103. Los titanes venideros. Ernst Jünger.
104. Conversaciones con Jünger. Julien Hervier.
105. Crónicas biliares. Jorge Bustos.
106. Por un perro sin tumba. Rafael García Maldonado.
107. El teniente Sturm. Ernst Jünger.
108. Tempestades de acero. Ernst Jünger.
109. Diario de guerra (1914-1918). Ernst Jünger.
110. Sobre el dolor. Ernst Jünger.
111. La paz. Ernst Jünger.
112. Prólogo a Radiaciones (y algunas entradas). Ernst Jünger.
113. Los diarios de Emilio Renzi (1). Ricardo Piglia.
114. La luz de la dinamo. Nuria Barrios.
115. Ocho centrímetros. Nuria Barrios.
116. El hundimiento. Manuel Vilas.
117. Cuidados paliativos. José Antonio Llera.
118. Las cosas que me gustan. Xuan Bello.
119. Los diarios de Emilio Renzi (2). Ricardo Piglia.
120. Formas breves. Ricardo Piglia.
121. Nombre falso. Ricardo Piglia.
122. Prisión perpetua. Ricardo Piglia.
123. Crítica y ficción. Ricardo Piglia.
124. Pequeno livro. Cesário Verde.
125. La suma que nos resta. Gonzalo Gragera.
126. Historia mínima de Argentina. Pablo Yankelevich (ed.).
127. El último lector. Ricardo Piglia.
128. La invasión. Ricardo Piglia.
129. Respiración artificial. Ricardo Piglia.
130. La mirada de los peces. Sergio del Molino.
131. Rendición. Ray Loriga.
132. La forma inicial. Ricardo Piglia.
133. El camino de Ida. Ricardo Piglia.
134. Noche terrible/Una tarde de domingo. Roberto Arlt.
135. Mansos. Roberto Enríquez.
136. Réquiem. Antonio Tabucchi.
137. Hitch-22. Christopher Hitchens.
138. El discurso vacío. Mario Levrero.
139. Los nietos del Cid. Andrés Trapiello.
140. Mortalidad. Christopher Hitchens.
141. Poesía completa. Elizabeth Bishop.
142. Diary. David Perlov (cuadernillo).
143. La República y sus enemigos. Manuel Chaves Nogales.
144. Ayer no más. Andrés Trapiello.
145. Los diarios de Emilio Renzi (y3). Ricardo Piglia.
146. Réquiem. Lêdo Ivo.
147. Hotel Transición. Jesús Ruiz Mantilla.
148. Historia mínima de España. Juan Pablo Fusi.
149. Poesías completas. Antonio Machado.
150. Ecce homo. Friedrich Nietzsche.
151. Josep Pla. Arcadi Espada.
152. Miel y hiel. 44 versiones latinas. Ernesto Hernández Busto.
153. El cuaderno gris. Josep Pla.
154. Cartas desde la revolución bolchevique. Jacques Sadoul.
155. Fred Cabeza de Vaca. Vicente Luis Mora.
156. Las personas de la historia. Margaret MacMillan.
157. Cartas a Eugénio de Andrade. Luis Cernuda.
158. Odas de Ricardo Reis. Fernando Pessoa.
159. Cantar de los cantares. Fray Luis de León (tr.).
160. Vida de Henry Brulard/Recuerdos de egotismo. Stendhal.
161. En el cine. Alberto Moravia.
162. La máscara o la vida. Manuel Alberca.
163. Tiempo español. Murilo Mendes.
164. Alejandrías (Antología 1970-2013). Luis Antonio de Villena.
165. Contra el separatismo. Fernando Savater.
166. Atlas del bien y del mal. Tsevan Rabtan.
167. Poesía (1970-1982). Luis Antonio de Villena.
168. El buque fantasma. Andrés Trapiello.
169. El enfermero de Lenin. Valentín Roma.
170. Verano azul. Unas vacaciones en el corazón de la Transición. Mercedes Cebrián.
171. Burp. Apuntes gastronómicos. Mercedes Cebrián.
172. Corsarios de guante amarillo. Sobre el dandysmo. L.A. de Villena.
173. Qué está pasando en Cataluña. Eduardo Mendoza.
174. Dorados días de sol y noche (Memorias II). L. A. de Villena.
175. Blanco (y Archivo Blanco). Octavio Paz.
176. Un anarquista de derechas (col. Baroja & yo). L. A. de Villena.
177. René Magritte (cómic). VV. AA.
178. Mundo es. Andrés Trapiello.
179. La muerte únicamente. Luis Antonio de Villena.
180. Proyecto para excavar una villa romana en el páramo. Luis Antonio de Villena.
181. Exceso de buen tiempo. José Antonio Mesa Toré.
182. Como a lugar extraño. Luis Antonio de Villena.
183. La tentación de Ícaro. Luis Antonio de Villena.
184. El joven sin alma. Novela romántica. Vicente Molina Foix.
185. Marginados. Luis Antonio de Villena.
186. El Anticristo. Friedrich Nietzsche.
187. Berta Isla. Javier Marías.
188. Imágenes en fuga de esplendor y tristeza. L. A. de Villena.
189. Cuadernillo Góngora (Conferencias de J.Mª Micó en la F. March).
190. Fábula de Polifemo y Galatea. Góngora.
191. Soledades. Góngora.

27.12.17

El niño como guinda

“¿Qué les pasa a estos tíos con los niños?”, me escribe un amigo a propósito de una de las muchas fotos de niños catalanes envueltos en la estelada junto a adultos independentistas. “Hasta hace pocos años este uso de los niños hubiera sido inconcebible en este país. A cualquiera se le hubiera caído la cara de vergüenza. Todo empezó con los castellers: ¡el niño como guinda!”.

Es verdad. Y no podemos permitir que por su insistencia deje de escandalizarnos. No me cuesta reconocerles a esos adultos, para salvarles la intención, que piensan que hacen lo mejor para sus niños: que los engañan porque se engañan (vuelve el “nuestros padres mintieron, eso es todo”). Pero esto no sería más que otro indicio –espeluznante– del delirio en que viven. Y que si algo no tiene ya es justamente engaño: se ha demostrado suicida.

Lo último ha sido el uso lacrimógeno de los niños que no podrán pasar las navidades con sus padres presos... Los llevan al precipicio, los embuten en banderas y pancartas, pero lo que lamentan es que no cuadre la foto navideña.

Cuando esos niños crezcan y se den cuenta de lo que han estado haciendo con ellos, despreciarán a sus padres. Esto, en el mejor de los casos. En el peor, serán como ellos. Pero si no son todavía los hijos, serán los hijos de los hijos, o los hijos de los hijos de los hijos. Hasta que llegue la generación correcta, la no engañada y libre. Porque llegará.

* * *
En The Objective.

25.12.17

El rescate de todo

2017 ha sido el año de la infección nacionalista, pero lo que yo recordaré son mis lecturas. Miro atrás y me vienen los autores, no los fantoches de nuestra minihistoria. La lección –navideña en este día– es que no hay que dejarse comer por la actualidad. Uno debe intervenir en la política lo más civilizatoriamente que pueda; pero ha de preservar, como pedía Montaigne, su cuartito privado. La consigna sigue siendo: no embrutecerse.

El autor de mi año ha sido Andrés Trapiello, porque en 2017 he leído los seis tomos de su diario que me faltaban. En total eran veinte y en diciembre ha salido el nuevo, Mundo es (ed. Pre-Textos), con el que he vuelto a ponerme al día. He leído también su ensayo Los nietos del Cid, sobre la generación del 98 (¡tan actual de repente, para nuestra desgracia!), su libro de poemas Rama desnuda y dos novelas suyas con componente político, El buque fantasma (sobre la militancia de izquierdas en las postrimerías del franquismo) y Ayer no más (sobre las heridas de la guerra civil y las contradicciones de la memoria histórica).

El Salón de pasos perdidos, título general de la “novela en marcha” que son sus diarios, está de cumpleaños además, porque el primer tomo corresponde a 1987. Yo me lo compré cuando se publicó, en 1990, y me gustó. Hice lo mismo con los siguientes. Pero en algún momento empecé a pensar que eran demasiado extensos y que el autor tendría que haberlos podado un poco... Esta petulancia mía, que tiene relación con la indolencia lectora que me ha aquejado muchas veces, me escandaliza ahora: porque ya está claro que una de las virtudes de la obra es la extensión. Ha habido un salto cuantitativo que ha tensado, o aquilatado, la calidad que siempre tuvieron cada una de sus líneas. Es una obra monumental en la que la monumentalidad no ahoga, porque cada detalle está mimado y está vivo.

Me hace gracia cuando se le acusa de realista o costumbrista, porque hay más imaginación en el modo en que nos cuenta la realidad –con soltura cervantina–que en las tediosas imaginaciones programáticas de nuestros imaginativos oficiales. Por ejemplo, en esta visión de Mundo es durante la visita a un hospital: “Desde los ventanales de la cafetería la sierra del Guadarrama, las estribaciones de la Casa de Campo, el tumulto de las nubes, yendo y viniendo por el aire en sus camillas, con las sábanas colgando”. En este tomo hace chanzas sobre el realismo mágico, a propósito del homenaje a García Márquez en Cartagena de Indias en su ochenta aniversario (aunque hasta a Gabo lo salva al final, cuando lo ve bailando tras las pompas). Lo que hay en el diario de Trapiello no es realismo mágico, sino la maravilla de lo real.

Sus lectores sabemos que va a quedar, y cuando nos exaltamos pensamos que es lo único que va a quedar de la literatura de este tiempo. Lo cual no estaría mal, porque en esos libros está este tiempo –y el tiempo– al completo. En el Salón de pasos perdidos nada se pierde: es una obra concebida para el rescate de todo. Y lo logra con una limpieza, una frescura y una libertad tales que todo parece nuevo.

* * *
En El Español.

18.12.17

El voto nefasto

Claro que se puede votar mal. Y tiene gracia que quienes se enfadan cuando se dice y acusan de paternalismo al que lo dice sean aquellos que luego defienden regímenes dictatoriales con un papá dictador al que adoran... Pero los demócratas, y precisamente porque lo somos (lo que incluye una visión no determinista de la historia), no tenemos complejo en señalarlo: claro que se puede votar mal.

Abundan los ejemplos. Votar al partido nazi alemán en 1933 era votar mal. Votar a Fuerza Nueva en las primeras elecciones de nuestra democracia era votar mal. Votar a Herri Batasuna, con ETA matando, era votar mal. Votar a los partidos independentistas este jueves 21 de diciembre será votar mal. El votante es también a su modo un cliente, pero no siempre lleva razón. Y cuando no la lleva o no va a llevarla hay que decírselo, incluso enérgicamente.

Sé que mis comparaciones han sido algo truculentas; pero más allá de holocaustos, fascismos y crímenes nacionalcomunistas, son ejemplos que prueban la existencia del voto nefasto. También lo es el de Le Pen en Francia o el de Trump en Estados Unidos. Salvando las diferencias, el de los catalanes que voten el 21-D a Junts per Catalunya (toda una delicadeza que su líder no le haya puesto Tots per Puigdemont), ERC o la CUP lo será también. Su porcentaje, que se presume alto –quizá alcance o supere la mitad–, nos dará ante todo el índice de gravedad de una sociedad enferma.

Como se ha repetido (se lo leí por primera vez a Rafa Latorre), la novedad de estas elecciones es que quienes voten a los independentistas sabrán esta vez lo que votan: no Jauja, sino la ruina; no la unidad, sino la división; no la paz en el crisol de la patria, sino la confrontación civil; no la épica, sino el ridículo. Serán unos empecinados como los que ha habido siempre en la historia de España, en la que ya apenas quedan ellos: nuestros últimos españolazos. (Las muecas de un Toni Albà solo son comparables a las de Millán Astray).

El voto independentista será malo para Cataluña, y por supuesto también para España. El que opte por él, en consecuencia, lo hará por lo segundo y no por lo primero. Será un voto movido no por el amor a Cataluña (a la que perjudicará), sino por el odio a España (a la que perjudicará también). El odio imponiéndose al amor. Como en los mejores tiempos de nuestra historia nefasta.

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En El Español.

13.12.17

Mi primera franquicia

Cuando vivía en Madrid y comía fuera todos los días, un amigo me preguntaba: “¿En qué franquicia comes hoy?”. He sido un enamorado de las franquicias, esa zona de confort de la gastronomía en que todo es gratamente previsible: vas a lo que vas, sin lírica ni épica. Y sin cocineros dándote la tabarra con su recitado, moscones en sus propias sopas. He pasado muchas horas en las franquicias y he sido dichoso.

La primera de todas fue el Vips, que de algún modo ha contagiado en mis afectos –positivamente – a las demás. El Vips ha sido mi primer amor franquiciado, esa novia primera que será, como cantaba Brassens, la última que olvidemos... Pero ahora van a quitar sus tiendas, complemento indispensable: el Vips era el restaurante más la tienda; sin esta será otra cosa. Desaparecerán en 2018 y de ese año que aún no ha empezado ya tenemos la primera baja.

Jorge San Miguen ha contado su crónica sentimental del Vips y he pensado en la mía. Cuando no he vivido en Madrid, el Vips era Madrid. Ir al Vips era sentirse en Madrid. En realidad, el minipack que me montaba: el cine Alphaville y el Vips (el de la plaza de los Cubos, naturalmente). Y si la película era de Rohmer, mejor que mejor. Luego viví años al lado del Vips de Alberto Aguilera y era mi segunda casa. Era la franquicia en la comía más veces. Yo solo, con alguna amiga o con los amigos que, recién llegados, querían sentirse en Madrid.

En los Vips se quedaba porque el que llegaba antes podía entretenerse hojeando los periódicos o los libros. Mi amigo Losada, artista, era un devoto de sus libros de arte. Y estaba el lujo, hoy con internet incomprensible, de poder leer a medianoche el periódico del día siguiente: era nítida la impresión de que uno se estaba adelantando un día. (Aunque el reverso era un cierto desvalimiento, un vacío, de la mañana posterior).

Viví también algunos meses junto al Vips de Velázquez (el que los madrileños llaman de Ortega y Gasset, o Lista). Allí coincidía a veces (2007) con la ministra Salgado, comiendo sus hojitas. Un domingo un señor llevaba un montón de periódicos con sus suplementos y los soltó en el mostrador. El cajero le preguntó abrumado: “¿Cuáles son?”. “¡Todos menos El País!”. Pero El País era el que yo llevaba, así que le neutralicé la estadística.

Recuerdo largas sobremesas en el Vips, y algunas madrugadas. Lectura (escritura incluso), charla, contemplación indolente; tenía una calidez como desangelada en la que me sentía a gusto... Aunque es cierto que últimamente entraba poco. Solo, de tarde en tarde, para recobrar las viejas sensaciones, coger algún periódico (sin mirarlo mucho) y tomarme un salteado de pollo oriental.

Curiosamente, le debo al Vips llevar casi veinte años desayunando pan con aceite. Yo, que soy un descastado, lo despreciaba. Pero un día en que estaba de visita mi amigo Weil me dijo: “¿No somos andaluces? Pues pidamos el desayuno andaluz”. Así, como desayuno andaluz venía consignado en la carta. Lo pedimos por broma, por acoplarnos a una retórica, y me encantó. Desde entonces es lo que desayuno en todas partes: no por Andalucía, sino por el Vips.

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En The Objective.